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El TLC y la Educación: Puntos para una agenda

      
<P>Sobre los retos que plantea la firma del acuerdo comercial con EE.UU. y la necesidad de mejorar nuestro sistema educativo para elevar nuestra competitividad. </P><P>Cuando se habla del Tratado de Libre Comercio (TLC) se piensa, con frecuencia, que se trata de un asunto puramente comercial y económico. Pero no es así. Los negociadores del TLC se preocupan mucho por establecer las condiciones de intercambio comercial y de la producción de nuestros países, pero nunca, que se sepa, por examinar cuáles son las condiciones educativas de cada país. Olvidaron, parece, que la batalla de la competitividad, empieza en la educación. </P><P>No es difícil aceptar que entre Estados Unidos y nuestro país hay profundas y serias asimetrías culturales y educativas. Uno quisiera ver que nuestro país se propusiera elevar el nivel de su educación con el mismo celo que ha puesto en atraer las inversiones extranjeras; quisiera que los avances en la calidad de nuestra educación ocupara los grandes titulares y se debatiesen con el entusiasmo de una apuesta que tenemos hecha contra el tiempo. </P><P>La competitividad de nuestra economía depende, en el fondo, de la calidad humana y profesional de la población. En la era en la que hemos entrado, es el conocimiento, la inteligencia cultivada, la riqueza humana de las personas lo único que nos puede salvar. </P><P>La importancia central de la educación para encarar los desafíos del mundo globalizado, de mercados abiertos, obliga a una profunda reforma de nuestro sistema educativo para lograr un potencial humano capaz de participar, de manera efectiva, en los nuevos modos de producir, trabajar y competir que se plantean. Esa es la propuesta del Proyecto Educativo Nacional (PEN) que ha sido asumida por el presente Gobierno como política de Estado. </P><P>El TLC es más que un acuerdo comercial; implica, nos guste o no, una dinámica de intercambios y transformaciones culturales. La educación peruana tendrá que redefinir su filosofía, aliándola a los valores de la llamada modernidad, sin perder su sentido nacional y popular. La construcción de un país integrado socialmente, preparado para competir globalmente, demanda un acceso libre a la información, al conocimiento estratégico, a las destrezas productivas y al logro de una sólida formación ética y democrática. </P><P>La relación inmediata e insoslayable de la educación con la competitividad comercial para lograr una eficiencia productiva está localizada en aquellas modalidades educativas llamadas 'terminales', que preparan a los jóvenes para ingresar en el empleo, así como en los programas que capacitan a la fuerza de trabajo ya ocupada. </P><P></P><P>Pero no solo la 'enseñanza terminal' sino el conjunto del sistema educativo requiere reorientarse hacia un aprendizaje efectivo, centrado en la adquisición de conocimientos sólidos y la formación de destrezas intelectuales básicas. </P><P>¿Cómo poner fin al ritualismo de un gran número de escuelas que no logran siquiera alfabetizar? ¿Cómo lograr que la Carrera Pública Magisterial, y los grandes esfuerzos económicos que esta exige, lleve a los docentes a la superación personal en motivaciones, responsabilidades, competencias y comportamientos? </P><P>Superar los rezagos, aligerar los lastres y las desigualdades del desarrollo educativo peruano supone un incremento substancial del presupuesto, del gasto público, para invertirlo en una educación renovada, acorde con el mundo globalizado. </P><P>Hay que romper el inmovilismo; es necesario abrir espacios de innovación para que los maestros sean capaces de innovar en sus métodos, en su gestión y su actualización. Para ello deben contar con los estímulos necesarios. </P><P>Por lo demás, el proceso de descentralización que se ha puesto en marcha no puede reducirse solo a la transferencia de nuevas funciones administrativas a las diversas regiones. </P><P>Es necesario impulsar y ampliar los márgenes de autonomía de las regiones y gobiernos locales, pues sus ámbitos de acción son mayores y sus responsabilidades abarcan el crecimiento cultural y la elaboración de proyectos que vinculen la educación con el desarrollo regional. </P><P>La agenda es recargada e incluye asuntos sumamente difíciles para los políticos y para la sociedad en su conjunto. </P><P>Estamos ante una transición obligada que exige a nuestro país que forme a su gente para que participe en un dinamismo productivo, con equidad social y una democracia basada en una ciudadanía sin exclusiones.<BR></P>

Sobre los retos que plantea la firma del acuerdo comercial con EE.UU. y la necesidad de mejorar nuestro sistema educativo para elevar nuestra competitividad.

Cuando se habla del Tratado de Libre Comercio (TLC) se piensa, con frecuencia, que se trata de un asunto puramente comercial y económico. Pero no es así. Los negociadores del TLC se preocupan mucho por establecer las condiciones de intercambio comercial y de la producción de nuestros países, pero nunca, que se sepa, por examinar cuáles son las condiciones educativas de cada país. Olvidaron, parece, que la batalla de la competitividad, empieza en la educación.

No es difícil aceptar que entre Estados Unidos y nuestro país hay profundas y serias asimetrías culturales y educativas. Uno quisiera ver que nuestro país se propusiera elevar el nivel de su educación con el mismo celo que ha puesto en atraer las inversiones extranjeras; quisiera que los avances en la calidad de nuestra educación ocupara los grandes titulares y se debatiesen con el entusiasmo de una apuesta que tenemos hecha contra el tiempo.

La competitividad de nuestra economía depende, en el fondo, de la calidad humana y profesional de la población. En la era en la que hemos entrado, es el conocimiento, la inteligencia cultivada, la riqueza humana de las personas lo único que nos puede salvar.

La importancia central de la educación para encarar los desafíos del mundo globalizado, de mercados abiertos, obliga a una profunda reforma de nuestro sistema educativo para lograr un potencial humano capaz de participar, de manera efectiva, en los nuevos modos de producir, trabajar y competir que se plantean. Esa es la propuesta del Proyecto Educativo Nacional (PEN) que ha sido asumida por el presente Gobierno como política de Estado.

El TLC es más que un acuerdo comercial; implica, nos guste o no, una dinámica de intercambios y transformaciones culturales. La educación peruana tendrá que redefinir su filosofía, aliándola a los valores de la llamada modernidad, sin perder su sentido nacional y popular. La construcción de un país integrado socialmente, preparado para competir globalmente, demanda un acceso libre a la información, al conocimiento estratégico, a las destrezas productivas y al logro de una sólida formación ética y democrática.

La relación inmediata e insoslayable de la educación con la competitividad comercial para lograr una eficiencia productiva está localizada en aquellas modalidades educativas llamadas 'terminales', que preparan a los jóvenes para ingresar en el empleo, así como en los programas que capacitan a la fuerza de trabajo ya ocupada.

Pero no solo la 'enseñanza terminal' sino el conjunto del sistema educativo requiere reorientarse hacia un aprendizaje efectivo, centrado en la adquisición de conocimientos sólidos y la formación de destrezas intelectuales básicas.

¿Cómo poner fin al ritualismo de un gran número de escuelas que no logran siquiera alfabetizar? ¿Cómo lograr que la Carrera Pública Magisterial, y los grandes esfuerzos económicos que esta exige, lleve a los docentes a la superación personal en motivaciones, responsabilidades, competencias y comportamientos?

Superar los rezagos, aligerar los lastres y las desigualdades del desarrollo educativo peruano supone un incremento substancial del presupuesto, del gasto público, para invertirlo en una educación renovada, acorde con el mundo globalizado.

Hay que romper el inmovilismo; es necesario abrir espacios de innovación para que los maestros sean capaces de innovar en sus métodos, en su gestión y su actualización. Para ello deben contar con los estímulos necesarios.

Por lo demás, el proceso de descentralización que se ha puesto en marcha no puede reducirse solo a la transferencia de nuevas funciones administrativas a las diversas regiones.

Es necesario impulsar y ampliar los márgenes de autonomía de las regiones y gobiernos locales, pues sus ámbitos de acción son mayores y sus responsabilidades abarcan el crecimiento cultural y la elaboración de proyectos que vinculen la educación con el desarrollo regional.

La agenda es recargada e incluye asuntos sumamente difíciles para los políticos y para la sociedad en su conjunto.

Estamos ante una transición obligada que exige a nuestro país que forme a su gente para que participe en un dinamismo productivo, con equidad social y una democracia basada en una ciudadanía sin exclusiones.


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