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Lo que esperan la educación, la ciencia y la cultura

      
Viene al caso reflexionar respecto a uno de sus rasgos más insólitos de su institucionalidad privada: la renuencia a ejercer el rol impulsor que en materia educativa, cultural y científica toca a su empresariado. <BR>Esta responsabilidad, la de forjar un mecenazgo a través del cual los principales beneficiados de su desarrollo restituyan a la sociedad un fragmento de sus utilidades, aportando indispensables recursos para su desarrollo cultural, educativo y científico, constituye una práctica sin la cual sería inimaginable la prosperidad de los países avanzados. <BR><BR>La educación superior, la ciencia y las artes --la cultura, en general-- constituyen ámbitos en los que, por necesidad, debe limitarse la injerencia del Estado, por cuanto a este toca primordialmente utilizar sus siempre escasos recursos para atender a las necesidades básicas de sus pobladores: la instrucción básica, la salud, las comunicaciones, la seguridad, el equilibrio ecológico y la infraestructura en general. <BR><BR>Si bien es cierto que el desarrollo implica tener resueltos estos fundamentos, lo es también que más allá de ellos existen factores indispensables para generar aquel espíritu de innovación y excelencia imprescindible para generar la energía intelectual y creativa necesaria para producir confianza. Corresponde generar este impulso a las universidades, a los museos que provean la oferta de espacios culturales que inculquen en la población una sensibilidad artística esencial para afinar sus criterios intelectuales y emocionales, y a fondos comprometidos con la preservación del medio ambiente. <BR><BR>Se está aun a tiempo para revertir esta infeliz trayectoria. Recién hace una década que el Perú parece haberse puesto en marcha. A ver si este alumbramiento trae consigo también el advenimiento de un entusiasta mecenazgo. <BR><BR>Frederick Cooper Llosa<BR>
Viene al caso reflexionar respecto a uno de sus rasgos más insólitos de su institucionalidad privada: la renuencia a ejercer el rol impulsor que en materia educativa, cultural y científica toca a su empresariado.
Esta responsabilidad, la de forjar un mecenazgo a través del cual los principales beneficiados de su desarrollo restituyan a la sociedad un fragmento de sus utilidades, aportando indispensables recursos para su desarrollo cultural, educativo y científico, constituye una práctica sin la cual sería inimaginable la prosperidad de los países avanzados.

La educación superior, la ciencia y las artes --la cultura, en general-- constituyen ámbitos en los que, por necesidad, debe limitarse la injerencia del Estado, por cuanto a este toca primordialmente utilizar sus siempre escasos recursos para atender a las necesidades básicas de sus pobladores: la instrucción básica, la salud, las comunicaciones, la seguridad, el equilibrio ecológico y la infraestructura en general.

Si bien es cierto que el desarrollo implica tener resueltos estos fundamentos, lo es también que más allá de ellos existen factores indispensables para generar aquel espíritu de innovación y excelencia imprescindible para generar la energía intelectual y creativa necesaria para producir confianza. Corresponde generar este impulso a las universidades, a los museos que provean la oferta de espacios culturales que inculquen en la población una sensibilidad artística esencial para afinar sus criterios intelectuales y emocionales, y a fondos comprometidos con la preservación del medio ambiente.

Se está aun a tiempo para revertir esta infeliz trayectoria. Recién hace una década que el Perú parece haberse puesto en marcha. A ver si este alumbramiento trae consigo también el advenimiento de un entusiasta mecenazgo.

Frederick Cooper Llosa

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