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Hasta hace poco se asociaba el concepto de inteligencia a la capacidad cognitiva de memorizar o tener habilidad en ciertas disciplinas. Sin embargo, las emociones y la gestión que hacemos de ellas se pasaba por alto, y por ello surge la educación emocional, que tiene como fin reconocer nuestras reacciones y emociones para posteriormente solventarlas. 
Una investigación universitaria responsable se basa en principios como la honestidad, la integridad y la ética. Fuchs y Macrina (“Ethics and the scientist”) ofrecen la siguiente definición de integridad científica: “es la aplicación coherente y consistente de valores y principios esenciales para encauzar y lograr la excelencia en la búsqueda y difusión del conocimiento”.

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